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El 4 de noviembre de 1922, tras el descubrimiento accidental de un escalón de lo que parecía ser el acceso a una tumba en el Valle de los Reyes, Carter llamó a su mecenas Lord Carnarvon para anunciarle el hallazgo que llevaban tiempo soñando. Carnarvon viajó hasta Luxor y el día 24 de noviembre de ese año, se convocó a prensa, expertos y autoridades para la apertura de la tumba KV62 que, a diferencia de las anteriores, parecía encontrarse intacta. Carter estaba seguro de que por fin había hallado el lecho del joven faraón de la XVIII dinastía, sucesor de su padre Akenathón.

Tras practicar un orificio en la pared e introducir una vela para comprobar la ausencia de gases nocivos en el interior de la tumba, Howard Carter se asomó a través de la tenue iluminación. Todos los asistentes contuvieron la respiración mientras Carter se quedó unos instantes en absoluto silencio mirando por el agujero. Ante la pregunta “¿Qué ve señor Carter?”, el arqueólogo pronunció las palabras más sonadas de la Egiptología: “veo cosas maravillosas”. El oro resplandecía por todos lados ante la luz de la vela. Carros, estatuas, armas, cofres, muebles… todo brillaba ante los incrédulos ojos del británico. Eran solo un pequeña parte de los más de 5.000 objetos que contenía la tumba y que llevaría al arqueólogo 10 años sacar y clasificar.

 

Howard Carter acababa de realizar el mayor descubrimiento arqueológico de Egipto, el tesoro de la tumba de Tutankamón, pero quien sabe, quizá de conocer previamente sus consecuencias, se hubiera pensado dos veces el romper la intimidad del faraón. Una vez descendida la escalinata que daba acceso directo a la puerta intacta de la tumba se topó con un cartel que sus enterradores habían colocado en los tiradores de la puerta a modo de sello y de fatal advertencia. En esa tabla decía: “sobre todo aquel que se atreva a interrumpir la paz del faraón, la muerte extenderá sus alas”.

 

Debido muy probablemente a los duros años de excavaciones vividos hasta ese momento, al enorme reconocimiento internacional que le esperaba al mostrar al mundo lo que estaba a punto de ver, o simplemente por no creer que la cosa podía ir en serio, Carter no dudó en abrir la tumba.

 

En las semanas, meses y años posteriores, 22 personas murieron, 13 relacionadas directamente con el hallazgo de la tumba y 9 de sus familiares. Sea como fuere, en 1930 solo Howard Carter seguía vivo.

 

Investigaciones científicas posteriores han tratado de esclarecer sin concluir definitivamente, las causas de aquello. La relación entre aquella batería de muertes la advertencia que sellaba la puerta. Algunos hablan de la inhalación del aire viciado; otros del veneno que los sacerdotes aplicaron a las paredes de la tumba y también al sarcófago…

 

Tanto la tumba de Tutankamón como el tesoro que se expone en el Museo Egipcio de El Cairo forman parte de nuestras visitas en Egipto.

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